Dios nos hace vencedores a través de la oración
Sobre la oración se ha escrito mucho. Basta que vaya a
una librería cristiana para que pueda apreciar la infinidad de títulos y de
autores que versan sobre cómo orar y las estrategias para ser eficaces cuando
vamos a la Presencia de Dios. Ahora, ¿realmente sirven todos esos textos? Sin
duda que sí, entonces, ¿por qué nos avanzamos? Porque hay una enorme brecha
entre conocer cómo y vivir el cómo.
Hasta tanto logremos superar esa brecha, probablemente no
daremos pasos sólidos para experimentar crecimiento en nuestra espiritualidad.
De lo contrario, sin duda, nos moveremos en un desasosiego permanente, sin
poder llenar el vacío que representa no poder sostener una relación íntima y
edificante con el Dador de la vida.
Si ha caminado por ese sendero de búsqueda que parece
interminable y a primera vista se aprecia que se pierde en un horizonte lejano,
llegó al lugar apropiado.
Llegue a una conclusión: Quizá no sabe orar y ¡necesita
aprender! Creo que todos hemos pasado por ese momento decisivo en nuestra vida
espiritual. Y cuando dejamos de lado todo viso de orgullo para dar paso a
contemplar la posibilidad de que si bien no sabemos orar, deseamos aprender
cómo y reconocer que quien puede ayudarnos es Dios mismo.
El Espíritu nos ayuda a orar
Al dirigirse a los creyentes de Roma en el primer siglo,
que sin duda experimentaban al igual que nosotros inquietud sobre cómo orar, el
apóstol Pablo sentó las bases del principio más maravilloso que podemos aplicar
a nuestra espiritualidad devocional: Dios nos enseña a orar.
Él escribió: “Además, el Espíritu Santo nos ayuda en
nuestra debilidad. Por ejemplo, nosotros no sabemos qué quiere Dios que le
pidamos en oración, pero el Espíritu Santo ora por nosotros con gemidos que no
pueden expresarse con palabras. Y el Padre, quien conoce cada corazón, sabe lo
que el Espíritu dice, porque el Espíritu intercede por nosotros, los
creyentes, en armonía con la voluntad de
Dios.”(Romanos 8:26, 27. NTV)
¿Se ha preguntado alguna vez si su oración está llegando
a la Presencia del Señor? Creo que a todos nos ha ocurrido. Es una expectativa
que quisiéramos colmar, con esa misma ansiedad de quien espera que toquen a la
puerta de su apartamento y un cartero con rostro sonriente le saluda y luego le
dice: “Aquí Dios le envía un mensaje”. Usted mira el sobre, cuidadosamente
acomodado, y sabe que ahí está la respuesta pero al mismo tiempo una amalgama
de sentimientos le lleva a sentir temor de abrirlo.
¡Dios nos ha enviado un mensaje claro sobre cómo orar!
Está en las Escrituras y es Pablo quien lo deja claro: El Espíritu Santo
intercede por nosotros y nos ayuda a orar como debiéramos. Es Dios mismo quien
nos guía por el sendero apropiado.
Siguiendo a Jesús en la oración
Cuando procuramos cómo orar adecuadamente, y más si
estamos desarrollando algún ministerio en la extensión del Reino de Dios,
debemos acudir al ejemplo que nos brinda el Señor Jesús y que se consigna en
los Evangelios.
Una buena sugerencia es que tome la Biblia y comenzando
desde Mateo hasta concluir en Juan, resalte con colores cada uno de los pasajes
donde se habla de la oración y de algo que era una disciplina diaria en el
Señor Jesús: Orar.
Medite
en esos versículos y pregúntese de qué manera puede aplicarlos a su vida. Puedo
asegurarle que iniciará un proceso maravilloso de crecimiento espiritual que irá
en aumento cada día.
Despierte… y ore
Con más frecuencia de lo que quisiéramos, estamos muy
ocupados con los quehaceres que tenemos escritos en la agenda, pero también
aquellos que salen al paso y que nos resultan inevitables.
Abrimos los ojos al sonar la alarma del reloj
despertador—lo más probable es que el primer pensamiento sea para Dios--, e
inmediatamente tomamos conciencia que llegó la hora de emprender un nuevo día y
de atender múltiples compromisos, compromisos que a veces nos esclavizan.
¿Cuál es el primer punto que debemos atender? Sin duda el
hablar con Dios, quien guía nuestros pasos y es quien prospera nuestros planes
y proyectos cuando los sometemos en Sus manos (Salmo 37:5) Pero, seamos
sinceros: No lo hacemos así.
Generalmente saltamos de la cama y emprendemos el ritual
de arreglarnos, tomarnos un desayuno ligero e ir al trabajo; nos ocupamos ocho
horas o quizá más en la oficina o la factoría, y regresamos cansados para
reiniciar el ciclo unas cuantas horas después.
Nuestro amado Salvador iniciaba su día en oración. El evangelista
Marcos relata que: “A la mañana siguiente, antes del amanecer, Jesús se levantó
y fue a un lugar aislado para orar.”(Marcos 1:35.
¡Claro que las jornadas de Jesús eran intensas, pero aun
así, no por ello dejaba de orar! Esa práctica de intimidad con el Padre que era
cotidiana en el Salvador, no era cuestión de unas veces y otras no, sino de
todos los días, recién comenzaba a amanecer.
Como apreciará, es tiemplo de aplicar modificaciones a
nuestra cotidianidad y empezar cada mañana en oración, que sin duda, agrada a
nuestro amado Creador. El rey David lo expresó con las siguientes palabras: “Oh
Dios, tú eres mi Dios; de todo corazón te busco. Mi alma tiene sed de ti; todo
mi cuerpo te anhela en esta tierra reseca y agotada donde no hay agua.”(Salmo
63:1. NTV).
Es esencial que no solo anhelemos a nuestro Padre
celestial como un rapto de emocionalismo, sino con un corazón sincero, y que
desarrollemos intimidad con Él emprendiendo cada día con oración.
Trabaje… y ore
Desconozco cuántas veces ha cometido errores por
decisiones equivocadas. En mi caso han sido muchas las veces que fallé al
inclinarme por un negocio, un viaje o simplemente una compra doméstica.
Minutos, horas o días después me arrepentí. ¡No había nada qué hacer!
Lo más probable es que a todos nos ha ocurrido lo mismo.
Nos dejamos guiar por amistades o quizá un promotor comercial. Nos pintan un
panorama alentador, que promete mucho. Llegado el momento comprendemos la
magnitud del equívoco.
Nuestro
Maestro Jesús no tomaba decisiones sin antes consultarlas al Padre. Sus
actuaciones estaban rodeadas por oración, como lo leemos en Evangelio de Lucas:
“Cierto día, poco tiempo después, Jesús subió a un monte a orar y oró a Dios
toda la noche.”(Lucas 6:12.
¿Por qué lo hizo? Porque al día siguiente debía escoger a
sus discípulos. Y Él oró sin medir el paso de las horas. Intimidad con Dios.
Permanencia en Él.
Un principio que aprendemos para nuestra vida práctica de
fe, es orar antes de decidir algo, incluso aquello que nos parezca muy trivial.
Termine sus jornadas en oración
Lo
mejor que podemos hacer como discípulos de Jesús el Señor, es comenzar nuestras
actividades diarias en oración, pero además, terminar las jornadas en búsqueda
del rostro de Dios.
Aun
cuando estaba muy cansado, nuestro Salvador lo hacía siempre. No había excusa.
El evangelista Mateo lo describe así: “Después de despedir a la gente, subió a
las colinas para orar a solas. Mientras estaba allí solo, cayó la noche.”
(Mateo 14:23.
¡Cuántas veces pretextamos estar muy cansados para no
orar! No le ha ocurrido a usted solamente. A mí, al vecino, a todos. Y el hecho
de tratarse de un comportamiento o hábito común, no significa que sea bueno.
Por el contrario, es equivocado y nos lleva a errores, por con Dios iniciamos
el día y con él, debe terminar.
Sólo
cuando aplicamos modificaciones a nuestro esquema de oración, podemos expresar:
“En paz me acostaré y dormiré, porque solo tú, oh Señor, me mantendrás a
salvo.”(Salmo 4:8.
No es asunto de si queremos o no, sino de evaluar qué nos
conviene. Y usted está llamado a tomar decisiones radicales, que con ayuda de
Dios, permanezcan en el tiempo.
¿Cuánto tiempo orar?
Con frecuencia al dictar conferencias me preguntan:
¿Cuánto tiempo debemos orar? Y mi respuesta es invariablemente la misma: Todo
cuanto más pueda.
El
apóstol Pablo reafirma este principio cuando enseña: “Nunca dejen de orar.”(1
Tesalonicenses 5:17.
Orar debe ser un principio de vida que no se circunscribe
a tiempo, sino más bien, a la disposición de nuestro corazón. Orar siempre.
Le animamos para que evalúe su vida de oración y, desde
hoy, aplique modificaciones en la meta que nos asiste de desarrollar intimidad
con Dios…