Los ataques del enemigo
contra nuestras mentes son sutiles. Al observar cómo vivimos, puede determinar
cuándo y dónde somos vulnerables. Aunque no es omnisciente, sabe lo suficiente
para actuar contra nosotros.
Por ejemplo, dirige nuestra
atención hacia algo que queremos, haciendo que nos olvidemos de las muchas
cosas maravillosas que nuestro Padre celestial ya nos ha dado. Una vez que
hemos reducido nuestro enfoque a aquello que deseamos, Satanás interviene para
satisfacer nuestro deseo con lo que él quiere que tengamos —algo que al final nos
alejará de Dios.
Al observarnos, Satanás conoce los
momentos y las situaciones cuando es más probable que digamos sí a la
tentación. Hará todo lo que esté en su poder para apartar nuestras mentes del
Señor, y nos distraerá aun durante nuestras oraciones. Además, él entiende nuestra situación
emocional y busca en nosotros el cansancio, la soledad y otras vulnerabilidades
que pueda explotar. Satanás nos incita a “querer las cosas ya”, y trata de
ocultar de nuestra vista las consecuencias.
El enemigo crea dudas en nuestras
mentes para que dudemos de la verdad de la Palabra de Dios, y nos sintamos
inseguros de nuestra salvación. Después que surge la incredulidad, como ocurrió
con Adán y Eva (Gen 3.1-6), nuestra mente comenzará a justificar nuestra
conducta.
Aunque podemos ser susceptibles a
sus maquinaciones, no estamos indefensos contra Satanás (2 Ti 1.7). Ya que
nuestro Padre celestial nos protege, nuestro Salvador intercede por nosotros, y
el Espíritu Santo nos guía a la verdad. “Resistid al diablo, y huirá de
vosotros” (Stg 4.7).
Como soldados del ejército de Dios,
peleamos una batalla espiritual. Para mantenernos firmes, debemos estar
vestidos con el atuendo de batalla cada día.
Asegúrese de que sus pies estén
calzados con el evangelio de la paz. Las botas de los militares romanos tenían
abrazaderas para ayudar a los soldados a mantenerse firmes en la batalla. Del
mismo modo, nuestro “calzado” espiritual nos da la seguridad de que tenemos paz
con Dios, y de que estamos seguros en Él (Jn 10.28).
Lleve el escudo de la fe. El
recurso más poderoso que tenemos como creyentes, es nuestra fe. Ella nos ayuda
a resistir las tentaciones del enemigo. Estamos bien protegidos detrás del
escudo de la fe. Use el yelmo de la salvación. La
mente es el campo de batalla de Satanás; necesita ser protegida
concienzudamente y de manera efectiva. En una batalla espiritual, la seguridad
de que somos salvos nos ayudará a rechazar las mentiras del enemigo, que
pudieran llevarnos a dudar de Dios o a pensar de manera contraria a su Palabra.
Lleve la espada del
Espíritu. La Palabra de Dios es un arma de ataque y también defensiva. Ella
ataca en favor del evangelio (He 4.12), y también nos protege. Como lo demostró
el Señor Jesús en la tentación del desierto, el diablo no puede sostenerse
delante de ella.
UNA BATALLA FEROZ
La batalla espiritual que
se libra a nuestro alrededor es real y feroz (Ef 6.12). No estamos en la
reserva, esperando simplemente a ser llamados. Estamos en la guerra. Soldado
del Señor: ¿Está usted totalmente vestido para la batalla?
Cuando escuchamos la palabra
guerra, pensamos en un combate físico con vehículos blindados, soldados
uniformados y armas mortales. Sin embargo, hay una guerra espiritual a nuestro
alrededor que es igualmente peligrosa —una guerra que muchos ignoramos o no
podemos entender. Tenemos un enemigo poderoso trabajando contra nosotros. De
hecho, el Señor lo llama “el dios de este siglo” (2 Co 4.4), porque es la
fuente del mal y de la iniquidad en nuestro mundo. Para vencer los ataques de
Satanás, debemos primero reconocer que es un adversario real. Luego necesitamos
mantenernos firmes contra él. Y para mantenernos firmes, tenemos que vestirnos
para la batalla con: El cinturón de la verdad. Por ser
nuestro enemigo el padre de mentira, tenemos que ponernos el cinturón de la
verdad de Dios para combatir sus falsedades. Es imperativo aferrarnos al plan
del Señor, siguiéndole obedientemente, no importa el costo. Así como un
cinturón sujeta a la ropa en su lugar, nuestras vidas tienen que estar rodeadas
y sujetadas diariamente por la verdad de la Palabra de Dios.
LA SANGRE DE CRISTO GUARDA NUESTRA FAMILIA
La coraza de justicia. Al igual que una cubierta protectora, la obediencia nos protege del daño. Puesto que el diablo anda buscando a quien engañar y destruir (1 P 5.8), debemos obedecer a Dios en nuestra conducta y conversación. Al estar protegidos, los dardos de concupiscencia, duda o temor de Satanás, no penetrarán.
Protéjase hoy dedicando tiempo para empaparse
de las verdades de Dios (el cinturón) y luego ponerlas en práctica por medio de
actos de obediencia (la coraza).
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