el diagnostico era contundente. Su Padre, Paul West, padecía
embolia pulmonar. No era algo nuevo. Sus ascendientes lo han padecido. Grave.
Los médicos especialistas de un instituto en California, recomendaron estudiar
a fondo su caso. Recomendaron ¿El costo? Ciento sesenta mil dólares. Una cifra
astronómica para una modesta familia estadounidense.
Cada uno de nosotros decide si quiere ser benecido por Dios o se inclina por las maldiciones...
¿La razón? Hacer una secuenciación genética obliga el estudio de
6.000 millones de caracteres que representan el código genético de una persona.
La información es tan compleja, que la mayoría de las compañías envían a sus
clientes procesos sin interpretar los resultados.
Y Anne West, una jovencita de 18 años, decidió emprender la búsqueda de pistas que pudieran ayudar a su padre, a partir de un método empírico pero eficaz: cuentas proceso por proceso. Y para desarrollar la tarea, descargó en su computadora personal una hoja de cálculo. Mientras sus amigos iban a ver una película o ver vitrinas en un centro comercial, ella se dedicaba a comparar laboriosamente las secuencias de letras que representan los nucleólitos que componen el ADN.
Para que podamos hacer un cálculo de la dimensión de la tarea,
acojo lo que plantea el Director de Investigaciones Genéticas de la firma
Knome, Nathan Pearson, quien concibe el genoma humano como un enorme
libro. Asegura que “Si alguien leyera en
voz alta el genoma de una persona a una velocidad de seis letras por segundo,
tardaría 34 años en terminar”(The Wall Street Journal Americas. 5/10/2010)
Cada uno de nosotros determina si quiere ser bendecido o enfrentar
las maldiciones…
La chica trabajó intensamente. Ese proceso le permitió descubrir, no solo para ella sino para su familia, los riesgos heredados para su salud… Descubrió en todos estos meses, lo mucho que podemos heredar: no solo el color de los ojos o tonalidad del cabello, sino también la proclividad a algunas enfermedades. Hoy, a pesar de que recién llegó a la mayoría de edad, trabaja en una compañía grande de los Estados Unidos y cursa una carrera en biología.
MALDICIONES GENERACIONALES
A la luz de la Biblia entendemos que se trata de maldiciones
generacionales. Así como nuestro ADN físico transmite características
particulares de un individuo por generaciones enteras, así también por
generaciones enteras se transfiere el ADN espiritual y algo más grave: las
maldiciones que muchas personas recibieron por palabras de auto condenación o
bien, por las maldiciones que otras personas pronunciaron sobre ellas.
Las maldiciones más frecuentes se producen por abrir puertas al
ocultismo o marginar a Dios de nuestras vidas. ¿La razón? Cuando el Señor no
ocupa el primer lugar en nuestra existencia o en la familia, quien toma ventaja
es Satanás mismo.
Cuando el pueblo de Israel estaba en el desierto, el Padre les hizo
una advertencia que aplica a nosotros hoy referente a los ídolos y prácticas de
los pueblos paganos, relacionadas todas con el ocultismo: “No te inclinarás á
ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que
visito la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los terceros y sobre los
cuartos, á los que me aborrecen…”(Éxodo 20:5) Observe por favor, que de estas
prácticas se derivaban maldiciones por generaciones enteras. ¡Las maldiciones
son reales y se heredan!.
No obstante, Dios también fue claro en señalar que su misericordia está extendida hacia Su pueblo. Lo que desencadena maldición, la misma que no solo nos afecta a nosotros sino a nuestro cónyuge sino a nuestros hijos, nietos, bisnietos y líneas sucesivas, es persistir en la maldad, como advirtió el Señor a través del patriarca Moisés: “Que guarda la misericordia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado, y que de ningún modo justificará al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, sobre los terceros, y sobre los cuartos”(Éxodo 34:7).
A estas maldiciones se suman las que profieren en contra nuestra
las personas, o incluso, las que como padres – en medio de un rapto de
ira—expresamos hacia nuestros familiares. Al retornar la calma pensamos que “No
pasará nada porque fue en un momento de rabia”, pero no es así. El peso
destructivo de las palabras persiste.
Con el poder de Dios las maldiciones se rompen y nuestras
generaciones son bendecidas…
el caso de una esposa airada que maldijo a su marido: “He de verte
en la ruina. No saldrás de esa condición”. Aun cuando lograron mejorar la
relación, él en efecto terminó en una situación caótica en la salud, en lo
personal y en sus finanzas. Y ella misma, como parte de su familia, sufrió las
consecuencias. ¡Mucho cuidado con lo que decimos, porque a través de las
palabras somos bendecidos o acarreamos maldiciones (Cf. Proverbios 18:21)!.
ES HORA DE ROMPER LAS MALDICIONES
¿Recuerda la historia de la familia Kennedy? John F. Kennedy murió asesinado el 22 de noviembre de 1963. Su hermano Roberto también fue asesinado. David Kennedy murió de una sobre dosis de drogas en 1984; él representaba la tercera generación. Ahora, John F. Kennedy Jr. murió en un accidente de avión el 17 de julio de 1999. Todas las revistas y los periódicos hablaban de la "Maldición de los Kennedy". Esta es una situación que se puede romper con la Palabra de Dios y por el poder de la sangre de Jesús. Estas tragedias no se produjeron porque los Kennedy fueran malas personas, sino debido a algo que cayó sobre ellos. La iniquidad, o maldición, fue transferida de generación en generación.
La Biblia nos enseña que nuestro amado Salvador Jesucristo rompió
toda maldición. Nos hace herederos de las bendiciones “Porque así como por la
desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así
también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
(Romanos 5:19) Y esas bendiciones se aplica a nuestras vidas cuando recibimos a
Jesús como Señor y Salvador: “…con gozo dando gracias al Padre que nos hizo
aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las
tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención
por su sangre, el perdón de pecados.”(Colosenses 1:12-14).
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