El propósito del Señor es que estemos libres
y vivamos esa libertad, sin que ninguna
cautividad nos ate.
Caminó. Lo hizo con desespero. No tenía sosiego. Aun
cuando el sol caía sobre su rostro en las mañanas y a sus espaldas, cuando caía
la tarde, y que muchas jornadas debió enfrentar torrenciales aguaceros, seguía
su marcha. Recorrió más de trescientos kilómetros de regreso a casa. Allí lo
esperaba Raquel, de quien se alejó tiempo atrás porque la vida a su lado era
insoportable…
¿Qué lo llevó a tomar esa determinación? Su esposa confesó tiempo después, cuando se convirtió a Cristo, que logró el regreso de su esposo gracias a un conjuro. Lo hizo una bruja del barrio. La casa donde vivía la mujer, estaba arruinada y dentro, olía a mil infiernos, pero ella se había fijado el propósito de tener a Roberto a su lado nuevamente.
La hechicera le pidió algunas prendas de ropas del marido y, en medio de velas de diversos colores y rezos extraños, ininteligibles, le aseguró que pronto “vendría”. Y así fue.
Roberto se desesperó allí donde se encontraba. No
podía tener tranquilidad. Decidió regresar junto a Raquel. A la luz de las
Escrituras comprendió que aquél hechizo no fue otra cosa que una “cárcel
espiritual”.
Ahora, quizá se preguntará, ¿Qué son y cómo obran las cárceles o prisiones espirituales?
Satanás, el carcelero espiritual
Las cárceles o prisiones espirituales son reales.
Procuran la destrucción de las personas. Forma parte de las estrategias del
mundo de las tinieblas para acabar con la creación más preciada de Dios: usted
y yo…
El rey David experimentó múltiples períodos de
persecución, desánimo y temor. Una conjunción peligrosa que lleva a muchos a
asumir una actitud de resignación frente a las circunstancias, a enfrentar un
estancamiento o sencillamente, a volver atrás.
Él como un hombre cuyo corazón estaba puesto en la voluntad de Dios, sabía más que nadie la necesidad de depender de Él porque los ataques eran sucesivos en contra suya. Tras vivenciar múltiples situaciones que afectaban su vida en las dimensiones física y espiritual, escribió: “Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré, porque tú estás a mi lado. Tu vara y tu cayado me protegen y me confortan.”(Salmo 23:4,
El hecho de sirvamos a Dios no significa que no habrán tropiezos e incluso, ataques de nuestro Adversario espiritual, Satanás.Mientras los seguidores del Maestro caminaban entusiasmados por Palestina compartiendo el Evangelio, desde el mundo satánico se libraban ataques contra ellos. Jesús lo describió como “un rayo”. Directo al punto, con el propósito de generar destrucción. A renglón seguido el Salvador les hizo notar que, si bien es cierto enfrentarían ese tipo de oposición—que les ponía en peligro--, no debían temer porque ellos—y nosotros hoy—tenemos autoridad sobre los demonios y, como lo anunció el Señor, “Nada les hará daño”.
Las prisiones espirituales de la posesión y la
influencia
Hay dos formas como Satanás ata a las personas,
llevándolas a prisiones espirituales. La primera es mediante la posesión
demoníaca entre quienes no tienen a Cristo en su corazón y viven en pecado, y
la segunda, a través de la influencia de los demonios, produciendo opresión. Él
no puede poseer al cristiano –que es templo del Espíritu Santo (cf. Colosenses
3:16, 1 Corintios 6:19, 20--, pero sí generarle tribulación.Recuerde que Satanás sólo quiere “robar, matar y
destruir” a la creación de Dios y a nosotros, que somos sus hijos (Cf. Juan
10:10).
Un caso dramático de posesión satánica lo encontramos en Genesaret. El evangelista Marcos relata que “Entonces llegaron al otro lado del lago, a la región de los gírasenos. Cuando Jesús bajó de la barca, un hombre poseído por un espíritu maligno salió del cementerio a su encuentro. Este hombre vivía entre las cuevas de entierro y ya nadie podía sujetarlo ni siquiera con cadenas.Siempre que lo ataban con cadenas y grilletes —lo cual le hacían a menudo—, él rompía las cadenas de sus muñecas y destrozaba los grilletes. No había nadie con suficiente fuerza para someterlo.Día y noche vagaba entre las cuevas donde enterraban a los muertos y por las colinas, aullando y cortándose con piedras afiladas. Cuando Jesús todavía estaba a cierta distancia, el hombre lo vio, corrió a su encuentro y se inclinó delante de él. Dando un alarido, gritó: «¿Por qué te entrometes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡En el nombre de Dios, te suplico que no me tortures!». Pues Jesús ya le había dicho al espíritu: «Sal de este hombre, espíritu maligno».
La situación de aquél hombre era lamentable. ¿Cuándo
lo poseyeron los demonios? El texto no lo explica, pero sí encontramos reflejadas
las consecuencias que se derivaron de esa dominación que ejercía Satanás sobre
este hombre, a tal punto que vivía entre los sepulcros, mantenía desasosiego en
su “prisión espiritual”, procurada causarse daño físico al cortarse con piedras
afiladas y, además, no podía resistir la fuerza que lo dominaba.
Formas de cautividad espiritual
Millares de personas hoy están bajo esas ataduras.
¿Quiere saber algunas? Ataduras
sexuales: la pornografía, el adulterio, la fornicación, el adulterio, perversión
a través de pensamientos e incluso, exhibicionismo. También encontramos otras
cárceles espirituales como son la ruina, la enfermedad —muchas veces sin
explicación médica--, la falta de perdón, el desánimo, el temor y los deseos de
quitarse la vida. Estas prisiones espirituales son el producto de abrir
puertas al demonio o como consecuencia de la influencia del enemigo espiritual.Incluso,
los hombres de Dios son atacados. ¿Recuerda a Elías? Dios lo utilizó
poderosamente y horas después que ocurrieran por su mano hechos portentosos,
Jezabel profirió contra él amenazas y maldición: “Cuando Acab llegó a su casa,
le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, incluso la manera en que
había matado a todos los profetas de Baal.
Entonces Jezabel le mandó este mensaje a Elías: «Que los dioses me hieran e incluso me maten
si mañana a esta hora yo no te he matado, así como tú los mataste a ellos».
Elías tuvo miedo y huyó para salvar su vida. Se fue a Beerseba, una ciudad de
Judá, y dejó allí a su sirviente.Luego
siguió solo todo el día hasta llegar al desierto. Se sentó bajo un solitario
árbol de retama y pidió morirse: «Basta ya, Señor; quítame la vida, porque no
soy mejor que mis antepasados que ya murieron».”(1 Reyes 19:1-12).
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